Era contagioso, no bien
ellos empezaban todo el mercado comenzaba a reír…
Durante unos pocos segundos un nuevo mundo se abría.
Viajaban por todo el mundo sólo ayudando a que la
gente se riera. Gente triste, gente enojada, gente
codiciosa, gente celosa: todos se reían con ellos.
Sucedió entonces, que falleció uno de los tres. Los
pobladores dijeron:
-Ahora frente a esta tristeza de la muerte de su
amigo, deben llorarlo.
Pero los otros dos
estaban bailando, riendo y celebrando la muerte.
La gente del pueblo dijo:
-Esto es demasiado. Estos
no son modales. Cuando muere un hombre es profano
reír y bailar. Entonces, los dos hombres dijeron:
Nos reímos con él toda la vida ¿cómo podríamos
despedirlo de otra manera? Debemos reír, debemos
disfrutar, debemos celebrar.
Esta es la única despedida posible para un hombre
que ha gozado toda su vida. Y si no reímos, él se
reirá de nosotros y pensará: -¡Tontos! ¿Cómo puede
morir la risa, cómo puede morir la vida?
Y llegó el momento en que debían incinerar el cuerpo
y la gente del pueblo dijo:
Lo enterraremos como prescribe el ritual. Pero sus
dos amigos dijeron:
No, nuestro amigo ha pedido que no hagamos ningún
ritual y no cambiemos
sus ropa ni lo bañemos, ni enterremos.
Sólo ha pedido que lo pongamos tal como está en la
pira crematoria; por lo tanto, seguiremos sus
instrucciones.
Y así hicieron cuando, de pronto, sucedió algo muy
especial.
El cuerpo fue colocado sobre la pira, y cuando
comenzó a quemarse se prendieron múltiples fuegos
artificiales que este anciano había escondido entre
sus ropas para que su despedida despertara sonrisas
y asombro y el pueblo entero lo recordara con
alegría y humor símbolo de lo que había sido su vida.